Entrevistas

Diego Golombek: “El asado es un ritual lleno de ciencia y tecnología”

El reconocido biólogo y divulgador científico describió las investigaciones que realizan desde el Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes y habló sobre los modos de acercar la ciencia a la comunidad. Además, el flamante director ejecutivo del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (INET) reflexionó sobre la educación en el país.

 

Por Agustín Casa

 

Un aviso en un diario captó su atención: buscaban cronistas deportivos. Con apenas 15 años y mucho por aprender en materia de periodismo y de deportes, se presentó en la convocatoria. Fue su primera experiencia en el mundo de los medios. Escribía sobre cricket, hockey y tenis en el Buenos Aires Herald. Tras las coberturas, regresaba a la redacción del diario, donde redactaba las crónicas con antiguas máquinas de escribir. Esa experiencia definió su gusto por la comunicación.

Su interés por la ciencia fue posterior. Sin saber del todo por qué, un día ingresó a la carrera de Biología de la UBA. “Tan es así que no me iba bien, no me gustaba demasiado y no la pasaba del todo bien. Pero aguanté un poco y algo hizo clic en algún momento”, recuerda Diego Golombek en diálogo con Citecus. Fue en segundo o tercer año, cuando contenidos vinculados al cerebro y el tiempo lo acercaron definitivamente a la ciencia. “Lo maravilloso es que en algún momento pude juntar los dos mundos. Una vez entrado en la Facultad de Ciencias, pude orientar esa necesidad o interés por la comunicación hacia la comunicación científica”, resalta.

Golombek es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA), investigador superior del CONICET y director del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes, en la cual es profesor titular. En paralelo, sigue vinculado a la comunicación. Es un reconocido divulgador científico: ha llevado adelante ciclos televisivos, fue columnista de ciencia en medios nacionales, es autor de libros divulgación y dirige la colección “Ciencia que ladra…” (Siglo XXI editores). Ha sido distinguido con importantes premios por su labor divulgativa. Además, en diciembre asumió como director ejecutivo del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (INET).

En su faceta de investigador, siguió cautivado por el estudio del cerebro y el tiempo, temas de los que se ocupan los trabajos del Laboratorio de Cronobiología. Su área de investigación son los ritmos biológicos.

-¿Qué sabemos hoy sobre los ritmos biológicos y cuál es la relación entre estos y el modo de vida actual? ¿Hay una negociación entre los modos de vida actuales y los ritmos biológicos?

-Estamos preparados para un mundo que ya no existe. Estamos preparados de fábrica para un mundo en el cual claramente hay días y noches. Siendo animales diurnos, el día es para estar activo, la noche es para estar durmiendo. Estamos preparados para un mundo en el cual hay estaciones y no hay aire acondicionado, estufa o un interruptor que prende la luz. También estamos preparados para un mundo en el cual, cuando se pone el sol, vamos a descansar y no nos exponemos a estímulos en cantidad creciente o nos exponemos a pantallas. Hoy en día nadie duerme solo. Todo el mundo duerme con la pantalla cerca por las dudas: la tele, la tablet o el teléfono. Con la lamentable consecuencia que esa luz, que emiten esas pantallas en particular, es la que más estimula al reloj biológico y le dice que podés estar despierto. Con lo cual, esta sociedad, llamada sociedad de 24 horas, conspira permanentemente contra nuestros ritmos biológicos y eso no es simplemente una metáfora, sino que se traduce en una disminución importante de la calidad de vida. Y, sobre todo, en la aparición de cada vez más patologías relacionadas con el mal dormir, con los deshorarios en los cuales realizamos una serie de tareas. Esto es muy difícil darlo vuelta porque la sociedad nos empuja hacia esto. Pero yo estoy muy convencido de que la cognición del fenómeno, que la gente sepa que ocurre, en parte ayuda a mitigarlo. Si vos sabés que parte de que la estés pifiando todo el día, que estés somnoliento, que estés de mal humor, que tengas accidentes de trabajo, que tengas poca productividad, tiene que ver con no escuchar el tic tac de tu ritmo biológico, un poquitito lo vas a escuchar. No digo que la situación vaya a cambiar porque es difícil luchar contra un elefante que te empuja, que considera al sueño como una pérdida de tiempo. El primer gran ladrón de tiempo en este sentido fue un tal Edison, que decía que teníamos que luchar contra la tiranía del sueño. ¿Qué hizo? Desarrolló la luz eléctrica junto con otros. ¿Por qué? Porque quería robarle horas al sueño. Ese robarle horas al sueño es robarle horas a la calidad de vida y a la salud. Tenemos que informarlo. Se tienen que juntar muy fuertemente la investigación científica y la difusión de la ciencia porque esto tiene que llegar a todo el público.

-¿Se puede decir que las pantallas le están ganando al ritmo natural o esperable?

-Por afano. Definitivamente están ganando y es muy difícil porque aprovechan otros circuitos cerebrales que no tienen que ver con los del sueño o los de los ritmos biológicos, que son los circuitos de la motivación. ¿Por qué está dándose este fenómeno del Binge-watching, el ver una serie y no poder parar? Porque realmente te motiva y están generadas de esa manera muy inteligentemente. Hay un método interesante para evitar el Binge-watching. Un método posible es ver de a cachos. No ver de principio a fin. ¿Qué pasa si ves de mitad a mitad? Tal vez puedas engañar un poquito a tu sistema de motivación y recompensa, y no tengas que seguir y seguir. Es una hipótesis. Estaría bueno tratar de comprobarla.

-¿Qué es el reloj biológico?

-Es un pedacito del cerebro que mide el tiempo y le dice al cuerpo qué hora es. Le dice que es hora de estar despierto, que es hora de estar dormido, que es hora de que suba o baje la temperatura, que es hora de que tengas mayor posibilidad de rendir en forma cognitiva o en forma física. También es el responsable de que cuando jugamos un poco con los horarios, las cosas se pongan complicadas. Por ejemplo, cuando atravesamos husos horarios, y volamos hacia el este o el oeste, para el mundo es una hora, pero para el reloj biológico todavía es otra. Ese desfasaje entre ambos horarios se conoce como jet lag. Tiene una serie de síntomas cognitivos y físicos que toda persona que haya viajado los experimentó.

Golombek es un habitual disertante en diversos ciclos de divulgación científica. Fotos: Soledad Amarilla / Ministerio de Cultura de la Nación (2018).

-En términos específicos, ¿de qué se ocupa la cronobiología?

-Estudia ese reloj y, en particular, lo que el reloj hace sobre el cuerpo, que se llaman ritmos biológicos. Cualquier cosa que se mida en el cuerpo –la frecuencia cardíaca, la actividad de una glándula, la secreción de una hormona, la posibilidad de resolver un problema matemático, la diferencia en lo que los sentidos le informan al cerebro– varía notablemente y hasta predeciblemente a lo largo del día. Y eso es lo que estudia la cronobiología: cómo son esos ritmos, qué pasa cuando se alteran esos ritmos y, en definitiva, si podemos volverlos al tiempo deseado. Porque sabemos que un buen ritmo, un buen tiempo, equivale a salud.

-¿Cuáles son los factores y los elementos que intervienen en los estudios cronobiológicos?

-Uno puede pensar el sistema cronobiológico como tres cajitas con dos flechas. Hay una cajita que es el mundo. El mundo te tiene que decir qué hora es. En la jerga cronobiológica se llama zeitgeber, palabra alemana que quiere decir dador de tiempo. Pero básicamente es el que pone el reloj en hora. La segunda cajita es el reloj, que está del lado de adentro. Podríamos pensar en un reloj pulsera que anda un poquito rápido o un poquito lento. Si no lo ponés en hora todos los días, no sirve para nada y, al cabo de unos días, va a atrasar o adelantar un montón. Esa relación, la primera flecha, entre el mundo y el reloj es la de sincronización, que todos los días pone en hora un reloj que anda un poquito rápido o un poquito lento. Del reloj sale una segunda flecha que lo acopla con el cuerpo. Podríamos llamarla acoplamiento, salida, output. ¿Cuál es esa salida? Los ritmos biológicos, las variables que cambian a lo largo del día o eventualmente a lo largo del año. Entonces, la cronobiología son tres cajitas (mundo, reloj, ritmos) y dos flechas que unen estas tres cajitas.

-¿Cuáles son las principales líneas de investigación que llevan adelante desde el Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes?

-Son variadas. Las líneas históricas tienen que ver con entender estas cajitas y estas flechas, particularmente la flecha de la sincronización. Una de las preguntas clásicas del laboratorio es: ¿cómo se pone en hora el reloj? Sobre todo con la luz. ¿Qué le dice la luz al reloj? Estudiamos qué pasa cuando el sol adelanta o retrasa las agujas de este reloj biológico. Básicamente hacemos estudios de biología molecular, bioquímica, comportamiento para entender cómo funciona el reloj y cómo se pone en hora. Últimamente estamos tratando de sacar mucho las narices del laboratorio y ver cómo esto se aplica en el mundo real. Por ejemplo, en situaciones de jornadas laborales extendidas o turnos de trabajo rotativos, y tratamos de proveer un poco ideas cronobiológicas para mejorar la situación de los trabajadores. También interactuamos con el sector de salud para ver cómo los ritmos biológicos influyen en cuestiones de diagnóstico o de tratamiento. Además, estamos trabajando con tiempos mucho más cortos. Por ejemplo, si uno se preguntara hace cuánto empezamos a hablar, o hace cuánto empecé a contestar esta pregunta, son otros relojes que también tiene el cerebro, que estiman duraciones más breves. Sin eso no puede funcionar. Si no sé si pasa un minuto o dos o diez, alguien me va a comer o no voy a poder comer a alguien. Entonces, también son muy relevantes estos tiempos cortos que estamos investigando.

-¿Cómo combinás lo académico y la divulgación, dos esferas con reglas y discursos diferentes?

-Es muy personal. En mi caso, después de tantos años de dedicarme casi por igual a ambos mundos, me sentiría un poco rengo haciendo ciencia sin contarla o contándola sin hacerla. Esto no quiere decir que no se pueda, y son enormes los ejemplos de extraordinarios científicos que no consideran que contar la ciencia sea parte de su trabajo, yo considero que sí, o extraordinarios divulgadores que no son científicos. En mi caso, es una cuestión de intentar cierta disciplina, de intentar combinar esos mundos con sus reglas particulares. No se mezclan: cuando estoy haciendo ciencia, no estoy haciendo divulgación y viceversa. Pero puedo aprovechar las herramientas de un mundo en el otro y viceversa.

-¿Qué lugar ocupa la palabra (el lenguaje) en la ciencia?

-El lenguaje es fundamental para cualquier actividad humana. El lenguaje nos constituye en tanto humanos. La ciencia es una actividad humana. No es una actividad natural entender el mundo y operar sobre el mundo para entenderlo mejor. Por lo tanto, si juntamos los dos parámetros, está claro que la ciencia no se puede entender alejada del lenguaje. La ciencia tiene una cortina, una fachada, que intenta mostrar que supera esta necesidad del lenguaje al generar un lenguaje propio, supuestamente objetivo, elegante, conciso, matemático. Es una falacia necesaria, sino no podríamos entendernos. Pero también cada tanto tenemos que reflexionar sobre que no deja de ser lenguaje. Por lo tanto, no deja de ser una expresión humana. Y las expresiones humanas, por más que queramos objetivarlas al máximo, siempre y necesariamente constituyen una cuestión subjetiva. La ciencia puede ser objetiva. La ciencia no es mala, ni buena, ni alta, ni baja. Pero la hacen los científicos, y los científicos requieren del lenguaje, que es necesariamente subjetivo.

-Recién hablaste de contar la ciencia. ¿Cuánto de docencia hay en la divulgación?

-Muchísima. La docencia en sí es divulgación en un nivel particular y para un público particular, segmentado y calificado. Podríamos pensar que la divulgación amplía el target de público. No es sólo docencia, porque la docencia no necesariamente tiene que incluir un fomento a la curiosidad o la maravilla que uno pretende transmitir con la divulgación. Ojalá que la docencia también lo incluya, no siempre ocurre eso. En la divulgación, si no tenés esos elementos, estás haciendo otra cosa, no divulgación.

-¿Cuán importante es que se despierte el interés por la ciencia en las escuelas?

-Es fundamental que la educación genere pensamiento científico e interés en la ciencia. Primero por una cuestión propedéutica. La verdad que necesitamos más científicos, más técnicos, más ingenieros, y una forma es estimularlo desde muy temprano. Pero no es el objetivo principal. Uno no está enseñando ciencia en la escuela para tener más científicos. En algún caso va a ocurrir eso. Pero uno enseña en la escuela para que el pensamiento científico se inculque desde muy temprano y eso hace mejores personas, mejores ciudadanos, hagan lo que hagan. Y eso tiene que ocurrir en todos los niveles educativos. Curiosamente, yo creo que en el nivel inicial ocurre en forma natural. Se fomenta cierto tipo de pensamiento científico que después en los otros niveles se pierde bastante. En la primaria, por una cuestión cuantitativa. Hay muy pocas horas dedicadas a las ciencias naturales porque se supone, y está muy arraigado, que el rol de la primaria es aprender a leer, escribir, sumar, restar, con un poco de suerte las efemérides, y poco más. Yo creo que no, que realmente es el momento en el cual fomentar la curiosidad, el gusto por saber qué pasa, cómo ocurren las cosas. Y en la secundaria se da una versión de ciencia extremadamente compartimentalizada. La hora de física no tiene nada que ver con la de química, con la de matemática, obviamente tampoco con la de literatura, la de historia y la de geografía. No está mal porque algún método hay que tener, pero me parece que falta dedicar un poco de tiempo y espacio al pensamiento científico en sí, a la relación que te puede permitir pensar científicamente entre todas las otras disciplinas. Si entendemos que el principal motor del desarrollo de un país pasa por el desarrollo productivo, no puede entenderse un desarrollo productivo sin un pensamiento científico y tecnológico.

-Jugando con el título de uno de tus últimos libros, ¿la ciencia es verdaderamente eso que los científicos estudian, investigan y desarrollan mientras el resto de la sociedad está con su rutina y sus ocupaciones?

-No, en absoluto. Lo que sí hacen los científicos en su rutina diaria en los laboratorios es investigación científica, investigación profesional. Esto lo discrimina muy bien un médico argentino que está hace muchos años en México. Se llama Marcelino Cereijido. Él suele distinguir la idea de ciencia de la de investigación. Y dice que la investigación científica es lo que hacemos los científicos profesionales, tanto en ciencias naturales como ciencias sociales. En tanto, la ciencia es una mirada sobre el mundo, una forma de pensar y de incidir sobre el mundo, y no es privativa de los científicos, sino debiera ser para todos. Entonces, si hablamos de ciencia, no. Ocurre cada vez que nos hacemos una pregunta científica, una pregunta que lleva a algún tipo de incidencia experimental sobre el mundo. La investigación es profesionalizar eso. La ciencia debiera, y ojalá pueda, ser patrimonio de todos y no solamente de los científicos.

-En referencia a tu libro El parrillero científico (Siglo XXI Editores, 2019) ¿qué es lo que dice la ciencia acerca de un ritual bien argentino como el asado?

-Uno podría poner esta mirada científica en cualquier lugar de lo que hacemos rutinariamente. Y efectivamente el asado es un ritual del cono sur, en particular de Argentina, que está lleno de ciencia y de tecnología. La parrilla es tecnología pura. Entender cómo se prende un fuego es ciencia y tecnología. Entender qué le pasa a la carne cuando se va cocinando, también es científico. Esto puede darte lugar a temas de conversación, puede darte lugar a “pifiarla” menos en algunos aspectos de cocinar o de hacer el asado. Me parece que es importante reflexionar sobre los aspectos científicos de cosas que las sentimos como propias. Si vos le decís a la gente “te voy a hablar de ciencia”, sale corriendo. Porque la idea que tiene de ciencia es algo que le quedó del secundario. En cambio, si le decís “yo te voy a hablar del asado o te voy a hablar de la música o te voy a hablar del deporte…”. Eso interesa. Ahí estás metiendo ciencia de contrabando. Me parece un concepto interesante para la divulgación: meter ciencia allí donde no se la espera y va a ser mejor recibida.

Golombek es un referente en el país en materia de libros de divulgación.

 


Del laboratorio a la política

-¿Qué te motivó a participar en política?

-Los científicos estamos muy acostumbrados, y creo que hacemos bien, a exigir que el Estado apoye a la ciencia. Y está muy bien, necesitamos más presupuesto, necesitamos otros salarios, y eso debe continuarse. Estamos menos acostumbrados a pedir que el Estado se apoye en la ciencia. Ese cambio de preposición, tan sutil como parece, es fundamental. Si tenemos la oportunidad de que el Estado se apoye en la ciencia, o sea, si podemos aportar a políticas públicas basadas en la evidencia, poder incidir con un poco de conocimiento científico, y no tanto con encuestas u opiniones, me parece que estamos casi obligados a hacerlo. Podemos hacerlo de distintas maneras, participando como científicos desde nuestro lugar de trabajo o bien, en algún momento de nuestras vidas, jugándonos para estar en el centro de las decisiones de política pública aportando un poco de nuestra formación.

-Desde tu nuevo rol de director ejecutivo del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (INET), ¿qué valor tiene para vos la educación técnica en el país?

-El desarrollo productivo necesariamente debe basarse en cuestiones científicas y tecnológicas, y eso se enseña. Eso hay que formarlo, no podemos pretender que venga de la nada, sino vamos a terminar en un país especulativo y no productivo. Por lo tanto, la educación en todos los niveles, incluyendo la educación técnica, es el pilar para esto que se está tratando de plasmar en este momento y en esta gestión de un desarrollo productivo como norte para el país.

-En este sentido, ¿cómo debería ser, para lograr este tipo de desarrollo, la articulación entre el sistema científico y el sistema educativo?

-El sistema científico funciona bien, más allá de sus problemas estructurales, presupuestarios y de falta de federalidad. Algo estamos haciendo bien en la educación superior, en particular en ciencia, porque los pibes salen bien formados. Un científico o una científica formada en una universidad nacional sale bien formado. Me parece que eso que estamos haciendo bien, que no sabemos exactamente de qué se trata y no podemos definirlo, tenemos que pensarlo un poco y ver cómo llevarlo a otros niveles educativos. Los científicos no tienen que estar al frente del aula. No es eso lo que se pretende, pero sí que colaboren con el docente, con el directivo. Que digan: “De ciencia yo investigo esto. Podés hacer este experimento. Podés pensarlo de esta manera”. Eso, que puede ocurrir en toda localidad, me parece que puede cambiar notablemente la educación pública.


 

 

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